Cambio climático, ¿cómo afecta a nuestra alimentación? ¿Cómo podemos minimizar su efecto?

El cambio climático está afectando las vidas y los medios de subsistencia de miles de millones de personas: ciclones tropicales, aumento del nivel del mar, fuertes lluvias, olas de calor, contaminación del aire…

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Sin ir más lejos, la tensión hídrica y la escasez del agua están aumentando en Europa, bajo un mayor riesgo de sequía. Tal es así, que el informe de julio de 2022 del European Drought Observatory muestra que un 46% del territorio, incluyendo al Reino Unido, está en alerta naranja y un 11% por ciento en alerta roja por sequía.

Un trabajo publicado en la revista Global and Planetary Change, dónde se analizaba la evolución de la humedad del suelo en Europa en los últimos 30 años, dejaba claro que cada vez nuestro suelo tiene menos agua.

Si nos acercamos más, la península ibérica, por su latitud y otras condiciones geográficas, se encuentra en una localización especialmente crítica para los efectos del cambio climático. A rasgos generales, podría considerarse que está en una franja semiárida entre el mundo húmedo (Europa) y desértico (África).

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Mapa actualizado que registra los embalses españoles con capacidad superior a 5 hm3. Fuente: Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

Y aún más cerca, en Canarias, los efectos ya se vienen notando hace años, la disminución de las precipitaciones, debido a la menor llegada de los alisios, está provocando sequías más largas, con un mayor riesgo de desertización y pérdida de calidad de los suelos.

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Evolución del año hidrológico en España (septiembre 2021-julio 2022). Fuente: AEMET. 

Y es que la agricultura, la ganadería o la pesca, nuestras fuentes de alimentación depende del clima. A un peor clima, disminuye la producción de alimentos. Y esto se notará en la cesta de la compra, ya mermada por reduflación (de la que ya hablamos en este medio hace casi ya un año, puedes ver el artículo aquí) y la guerra en Ucrania, entre otros factores.

Pero no solo las temperaturas más altas y las sequías tendrán un impacto negativo en el rendimiento de los cultivos, también en la calidad nutritiva de los alimentos, este último un factor también a tener en cuenta.

Es interesante el informe de la Agencias de Protección Ambiental de los Estados Unidos sobre el impacto climático en la agricultura y el suministro de alimentos. El estudio realizado por la Universidad de Minnesota en colaboración con la Universidad de Oxford y la Universidad de Copenhague, donde los investigadores ha observado una reducción de los rendimientos de cebada, mandioca, maíz, aceite de palma, colza, arroz, sorgo, soja, caña de azúcar y trigo, que representan el 83 % de las calorías producidas en la tierra cultivable.

Además, el cambio climático plantea importantes retos para la seguridad alimentaria global, como ya ha comentado la EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) en un informe del año 2020. La sensibilidad a los factores climáticos de los microbios, los microorganismos potencialmente productores de toxinas y otras plagas indican que el cambio climático puede influir en la aparición y la intensidad de algunas enfermedades transmitidas por vía alimentaria.

Asimismo, las condiciones cambiantes pueden favorecer el establecimiento de especies exóticas invasoras nocivas para la salud humana y vegetal. El calentamiento del agua marina de superficie y el mayor aporte de nutrientes se traduce en la profusión de algas productoras de toxinas que provocan brotes de contaminación de alimentos marinos.

Un aspecto que se refleja por ejemplo no solo en la pandemia que hemos pasado, la covid-19, sino otras emergentes, o cómo otros que conviven nos están afectando con más facilidad como las enfermedades transmitidas por garrapatas y que se comentó en este mismo medio hace 2 meses (“Aumento del número de garrapatas y casos de la enfermedad de Lyme”).

Es de esperar, pues, que nuestra alimentación, en un tiempo antes de los esperado se vea afectada, aunque este peligro no lo veamos tan inminente, y eso sin duda redundará en una alimentación menos variada y equilibrada, lo que conlleva, déficits nutricionales que afectará indudablemente a nuestra salud.

Cuando pensamos en cambio climático nos viene a la cabeza el transporte, pero la alimentación todavía pesa más. En España, la huella de carbono de la industria alimentaria no ha parado de crecer desde 2014 y ya acapara más del 50% de los impactos asociados en este indicador. Así lo afirma el estudio ‘Sostenibilidad del Consumo en España’ elaborado por Centro Común de Investigación de la Comisión Europea (JRC).

Muestra de esto son algunas de las cifras que arroja este estudio que sitúa el consumo de alimentos como el responsable directo de entre el 21% y el 37% de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), porcentaje en el que se incluye las etapas previas y posteriores a su producción.

Seguir la dieta mediterránea puede ser un elemento estratégico para combatir el cambio climático. El patrón dietético mediterráneo presenta un menor impacto medioambiental debido al consumo de más productos derivados de vegetales y menos productos de origen animal. El patrón dietético mediterráneo se presenta no solo como un modelo cultural, sino también como un modelo saludable y respetuoso con el medioambiente.

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En el contexto español, el patrón dietético mediterráneo, puede facilitar una reducción de hasta un 72 % de los gases de efecto invernadero, un 58 % del uso del suelo, un 52 % del consumo de energía y un 33 % del consumo de agua.

En definitiva, seguir una dieta sana es, además, una forma eficaz de cuidar el medio ambiente, al reducir la huella hídrica y de carbono causada no solo por la producción de alimentos, sino también por la reducción de los gastos sanitarios derivados de su consumo inadecuado.

Pedro J. Martín Pérez

Médico de Familia y Comunitaria

Experto Universitario en Nutrición Clínica y Salud Nutricional


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